último Adán

Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, anunciando las buenas nuevas del reino. Mateo 4, 23

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga (en nazaret) se enfurecieron. Se levantaron, lo expulsaron del pueblo y lo llevaron hasta la cumbre de la colina sobre la que estaba construido el pueblo, para tirarlo por el precipicio. Pero él pasó por en medio de ellos y se fue. Lucas 4, 28 – 30

Queridos lectores,

también en su ciudad natal de Nazaret, Jesús proclama el reino de Dios. En el servicio en la sinagoga, le dice a la audiencia que las promesas del profeta Isaías se han cumplido. Lo que Jesús hace es el cumplimiento de las Escrituras. Jesús sirve a la gente, se preocupa por los pobres y los oprimidos. Su ministerio es un servicio a todas las personas. Los gentiles también están incluidos. Incluso los gentiles deben conocer el evangelio. ¡Los gentiles también son personas amadas por Dios!

Con eso, Jesús no hace amigos en Nazaret. ¿Este Jesús, el hijo de un carpintero, quiere ser el Mesías? ¡Eso hace enojar a la gente! Empujan al Mesías fuera. Ellos quieren matarlo. Ellos quieren derribarlo del acantilado.

Pero Jesús elude a los atacantes. Nadie tiene derecho a matarlo. Sólo él mismo decide cuándo llegará la hora de su muerte. Después de su oración en el Jardín de Getsemaní, él dice: „Miren, se acerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores” (Mateo 26, 45). Ahora Jesús va a la cruz voluntariamente. Se sacrifica en la hora en que se cumple la misión del Padre celestial. —“Todo se ha cumplido” Jesús dice en la cruz. (Juan 19, 30)

Jesús no será víctima de la justicia de linchamiento. Las personas religiosas le hacen el proceso. Como en Nazaret y más tarde en Jerusalén, la pregunta central hoy es quién es Jesús. ¿Es realmente el Mesías? ¿Es realmente el hijo de Dios? El sumo sacerdote entonces quería claridad. Así que el sumo sacerdote insistió: —Te ordeno en el nombre del Dios viviente que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios. —Tú lo has dicho —respondió Jesús—. (Mateo 26, 63/64) Esa es su sentencia de muerte.

Cuando Jesús muere en la cruz, el centurión romano reconoce de momento a momento que este hombre es el Cristo. Un soldado pagano testifica: —¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios! (Mateo 27, 54)

En el acantilado de Nazaret, Jesús cruza a sus enemigos. Él la deja atrás y continúa. En la Pascua, Jesucristo pasa por la muerte. Deja la muerte, el enemigo de Dios, detrás de él y continúa. Él va a las mujeres en la tumba. Él va a los discípulos. Él también está en camino a la gente hoy. Él está buscando personas que confían en él. El que confía en él, abre el camino al cielo. Pero quien quiere empujar a Jesús por el precipicio, quien lo condena, que se sumerge en la desgracia.

¡Los que confían en Jesucristo tienen un futuro con Dios! Un futuro que deja atrás la muerte. El apóstol Pablo nos muestra lo que nos espera a los cristianos: “Así está escrito: «El primer hombre, Adán, se convirtió en un ser viviente»; el último Adán, Jesucristo, en el Espíritu que da vida. No vino primero lo espiritual sino lo natural, y después lo espiritual. El primer hombre era del polvo de la tierra; el segundo hombre, del cielo. Como es aquel hombre terrenal, así son también los de la tierra; y como es el celestial, así son también los del cielo. Y así como hemos llevado la imagen de aquel hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.” (1 Corintios 15, 45 – 49)

¡Esperadlo conmigo! 

 

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