Has ungido con perfume mi cabeza; has llenado mi copa a rebosar.  (Salmo 23, 5b)

 

Queridos lectores,

 

David fue ungido como rey (1.Sam. 16). El profeta Samuel tomó su cuerno de aceite y ungió al joven pastor en el nombre de Dios. Dios había elegido a David. Fue amado por Dios, se le dio el Espíritu Santo. Así se convirtió en el antepasado de Jesús. El Nuevo Testamento comienza con esta frase:  “Tabla genealógica de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.” (Mateo 1:1)

 

Jesucristo es el ungido de Dios. Habla de sí mismo (Lc. 4,18+19): «El Espíritu del Señor está sobre mí,  por cuanto me ha ungido  para anunciar buenas nuevas a los pobres.  Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos  y dar vista a los ciegos,  a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor.»

 

Jesucristo confía en nosotros los cristianos para servir al pueblo en su misión. Confía en nosotros para animar a los que se han desanimado por la enfermedad, por el desempleo, por las crisis personales. Confía en nosotros para ayudar a los que se derrumban bajo las cargas de sus vidas. Confía en que levantemos la voz por aquellos que se han quedado mudos por el dolor y la pena.

 

Dios quiere volver a poner la vida en tierra firme. En una época en la que los valores éticos están cambiando como las placas de la Tierra y nuestra sociedad se está viendo sacudida por esto, necesitamos una base firme para la vida. La gente ha necesitado esto en todo momento. El apóstol Pablo ya consoló a los cristianos de Corinto, les dio una perspective (2 Cor 1:22): “Dios es el que nos mantiene firmes en Cristo, tanto a nosotros como a ustedes. Él nos ungió, nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía de sus promesas.”

 

Esas palabras dan valor. Dios también nos unge con su Espíritu Santo. Nos hace sus hijos. Así que podemos rezarle: "¡Abba, querido padre!" (Rom 8:15). El mismo Jesucristo quiere llenar nuestro corazón como un cáliz que rebosa paz, alegría, esperanza y amor.

 

Deseo que dejes que tu corazón sea ungido diariamente por el poder curativo de Dios. Jesucristo nos ha animado expresamente a hacerlo. Dice (Lc. 11, 13): “Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!”

 

¡Dios te bendiga!

 

Me gustaría que me visitara de nuevo el 15 de Julio: La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del Señor habitaré para siempre. (Salmo 23, 6)

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