12 Como palmeras florecen los justos; como cedros del Líbano crecen. 13 Plantados en la casa del Señor, florecen en los atrios de nuestro Dios. 14 Aun en su vejez, darán fruto; siempre estarán vigorosos y lozanos, 15 para proclamar: «El Señor es justo; él es mi Roca, y en él no hay injusticia.» Salmo 92, 14

 

Queridos lectores,

 

un pensamiento maravilloso: en la vejez todavía florecer como un árbol en primavera, para ser fértil y fresco. ¿Quién no desearía eso? La realidad de la vida suele ser diferente. El predicador Salomón sabía lo que la edad trae consigo. Escribe en el libro de Eclesiastés (cap. 12, 1 - 7):

 

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días malos y vengan los años en que digas: «No encuentro en ellos placer alguno»; 2 antes que dejen de brillar el sol y la luz, la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes después de la lluvia. 3 Un día temblarán los guardianes de la casa, y se encorvarán los hombres de batalla; se detendrán las molenderas por ser tan pocas, y se apagarán los que miran a través de las ventanas. 4 Se irán cerrando las puertas de la calle, irá disminuyendo el ruido del molino, las aves elevarán su canto, pero apagados se oirán sus trinos. 5 Sobrevendrá el temor por las alturas y por los peligros del camino. Florecerá el almendro, la langosta resultará onerosa, y no servirá de nada la alcaparra, pues el hombre se encamina al hogar eterno y rondan ya en la calle los que lloran su muerte. 6 Acuérdate de tu Creador antes que se rompa el cordón de plata y se quiebre la vasija de oro, y se estrelle el cántaro contra la fuente y se haga pedazos la polea del pozo. 7 Volverá entonces el polvo a la tierra, como antes fue, y el espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio.”

 

Por supuesto que hay ancianos vitales que todavía viajan por el país en una Harley-Davidson a la edad de 75 años. Por supuesto que hay ancianos que son jóvenes de corazón y todavía bailan. Pero llegará un momento para todos esos días "que ya no nos gustan".

 

Antes de la pandemia de la Corona, me ofrecí para dirigir un grupo de discusión de la Biblia en un asilo de ancianos. Desafortunadamente esto ya no es posible debido al peligro de infección. Una vez a la semana me reunía con ancianos y personas que necesitaban cuidados. Unos 15 hombres y mujeres vinieron a escuchar la Palabra de Dios. Todos eran mayores de 80 años. Las historias de sus vidas eran emocionantes. Ante mí se sentaron antiguos ingenieros, comerciantes, funcionarios. En ese entonces eran dinámicos, ahora tenían que ser llevados en una silla de ruedas.

 

Pero todos tenían un deseo: tener comunión entre ellos y con Jesucristo. Cantamos viejos corales, rezamos, celebramos la Santa Comunión, escuchamos una palabra de la Biblia. Un salmo, una parábola de Jesús, una carta del Nuevo Testamento. Y una y otra vez tuve que acompañar a uno de nuestro círculo en su último viaje.

 

En este círculo comprendí lo que dice el apóstol Pablo (2.Cor. 4, 16): “Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día.”

 

¡Es verdad! Incluso si nuestro cuerpo se descompone más y más de año en año y un día está completamente dilapidado como una casa vieja, nuestro hombre interior se renueva de día en día por el Espíritu de Dios. Lleva la vida eterna en sí mismo. Incluso en el lecho de muerte de una anciana se me permitió experimentar esta "renovación interior".

 

El que fue plantado en el jardín de la fe de Dios crece de día en día hacia su eternidad con Dios. Crece hacia el cielo. Continuará permaneciendo fresco y verde en la fe como un árbol de hoja perenne. Porque el Dios vivo cuida de él. Lo que Dios ha plantado una vez, lo quiere tener con él en la eternidad. Que él alimenta.

 

¡Dios te bendiga! Que te rodee con su amor como un cálido manto. Que te proteja y te fortalezca en la fe en Jesucristo.

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