No niegues un favor a quien te lo pida, si en tu mano está el otorgarlo. Nunca digas a tu prójimo: «Vuelve más tarde; te ayudaré mañana», si hoy tienes con qué ayudarlo. Proverbios de Salomón 3, 27  + 28

 

Estimados lectores,

 

Leí la siguiente historia sobre el poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875-1926):

 

Rilke pasaba por una plaza de una gran ciudad donde una anciana pedía dinero. Sólo estiró la mano, por lo demás no mostró ninguna reacción. El compañero de Rilke daba a la mendiga una moneda de vez en cuando. Rilke nunca dio nada. Un día el compañero le preguntó por qué nunca daba nada. Rilke dijo: "Debemos dar a su corazón, no a su mano.

 

Unos días después, Rilke trajo una hermosa rosa blanca y la puso en la mano extendida de la mendiga. La mendiga levantó la cabeza, miró a Rilke, se levantó con dificultad y besó la mano del extraño hombre. Luego dejó su lugar con la rosa y permaneció fuera durante una semana.

 

Cuando se sentó de nuevo en su antiguo lugar, y volvió a tender la mano como antes, el compañero de Rilke le preguntó: ¿De qué ha estado viviendo durante la última semana? Rilke respondió: "De la rosa...”

 

Esta pequeña historia me hizo pensar. ¿Cuánto bien puedo hacer con mi mano, pero también con mi corazón? Creo que hacer el bien a otro con el corazón y la mano es lo que importa. También puedo ser despectivo con un mendigo lanzando una moneda en su vaso de papel desde arriba. También podría buscar el contacto visual y seguir teniendo una palabra amable para él.

 

Pero no se trata sólo de las necesidades materiales de los seres humanos pobres. Tampoco debo negar a otro lo que le debo hoy. Por ejemplo, ¿le niego a un empleado el salario que se merece o lo dejo para la semana que viene? ¿Devuelvo el dinero que me prestaron mis padres a tiempo? ¿O devuelvo el cortacésped que me han prestado a mi vecino en perfecto estado? ¿Me pongo excusas y lo dejo para mañana?

 

El apóstol Santiago nos recuerda que ese comportamiento puede ser pecaminoso: Así que comete pecado todo el que sabe hacer el bien y no lo hace. (Santiago 4, 17)

 

También puedo ser culpable de mi prójimo y de Dios al no hacer lo que es bueno. La bondad es el apoyo, la ayuda que puedo dar. Lo bueno, que es lo que se debe a otro y se lo debo. Lo bueno, es una palabra amable para otro. Un gesto de amor. Un encuentro con el corazón.

 

Cuando Jesús fue invitado a una fiesta de bodas, el vino se acabó. Una vergüenza para la pareja de novios. La madre de Jesús pidió ayuda a su hijo. Ayudó y convirtió el agua en el mejor vino (Juan 4).

 

No puedo hacer milagros así. Pero cada día me ofrece muchas oportunidades de hacer algo bueno por mis semejantes y de decir algo bueno. Hacer el bien, no sólo en Navidad. Vivir hoy con el corazón y la mano.

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